Cuando me dijo que teníamos que ir a hablar con el editor de la antología, me sentí importante. Si bien fui yo la que envió sus poesías, que corregí y tipié con placer, incluso las dedicadas a su ex, no creí que iba a ser seleccionado. También envié mis cuentos al concurso pero no tuve la misma suerte. Esteban iba a ser parte de una antología de poesía rioplatense del año 2008. Su vocación o sueño no era la de ser poeta, él quería ser un músico famoso como el Indio Solari. Se vestía parecido, hablaba con el mismo tono y, en esa etapa de su vida cercana a la literatura, escribía como ese tipo de Patricio Rey. Si lo tomaban como culto, lo negaba porque no había leído a casi ninguno de los autores obligados para serlo.
El día que nos conocimos me habló de libros y escritores, sí, pero tiempo después me confesó que memorizaba las reseñas del suplemento Radar. En uno de los programas de La Venganza Será Terrible, Esteban escuchó cómo conquistar a estudiantes de Letras y otros intelectuales. Entre los consejos estaba el de aprenderse el nombre de una serie de escritores reconocidos por el canon académico. Esteban me los nombró a todos. Podía hablar de Borges, Kafka, Henry Miller, Benedetti o de Tolstoi con soltura, como si hubiera ido cuatro años a Puán.
El editor vivía en Temperley. Esteban y yo nos encontramos en Constitución un domingo por la tarde. Era febrero o fines de enero y el desierto veraniego de la ciudad porteña en la terminal nos cubría con humedad. Llegó tarde, casi seis menos cuarto. Yo lo esperé con un paquete de Camel común y más o menos ciento veinte pesos sin reproches. No me contó qué fue lo que habló con el tipo, cómo quedaron en verse ni el motivo. En el tren solo habló de Cecilia, su ex, y muy poco de la poesías seleccionadas. Las llevaba en una carpeta negra gastada en las puntas. Las abrazaba como un padre a punto de inscribir a su hijo en la primaria.
La casa del editor, a una cuadra de la estación de tren, era una casa bien peronista. Tipo chalet, centrada entre medianeras, portoncito a la calle, con paredes de hormigón, techos de tejas y un porche familiar en el que Esteban y yo nos protegimos del sol después de tocar el timbre.
Él nos recibió por la puerta del costado, la del garage. En una especie de oficina improvisada llena de cajas, libros y resmas, con un olor químico fuerte y sin ventilación, nos sentamos delante del escritorio. La computadora estaba apagada. Sentí que éramos una visita sorpresa.
El poco pelo enrulado del dueño de casa estaba pegado con su transpiración en la nuca y su cara estaba con marcas de pliegues. Su camisa de mangas cortas estaba muy arrugada y el segundo botón de ella se colocaba en el tercer ojal. Tenía jean pero también ojotas. La luz verde de los árboles del conurbano entraba por una ventanita de la puerta y pintaba los dedos del editor que no paraban de entrecruzarse. Se acomodó sus anteojos de vidrios sucios y buscó en un cuaderno anillado el nombre de Esteban. Al encontrarlo, cruzó sus piernas y dijo:
- ¡Ah, el fan de Juarroz!
Después de algunas risas de compromiso de uno para con el otro, Esteban me pidió los ciento veinte pesos. Se lo pasé con el dorso de la mano hacia arriba.
- Son doscientos, ¿no?- Prepotente hacia su editor.
Me di cuenta que tenía el resto en su bolsillo de atrás. Un bollito le pasó y se escuchó el rebote del sonido de una ojota que cayó por debajo de la mesa.
- ¿Así que al final tenés que pagar para ser publicado?
No pude evitar burlarme de la situación cuando llegamos a la estación
nuevamente.
Escupió un poco de moco en el andén y me pidió con algo de vergüenza una seca a mi cigarrillo. Le di uno entero.
- Capaz es así. – Le dije.
Y también le aseguré:
- Y todos los otros concursos también deben funcionar de igual forma.
Además, si ganás, ¿no es como una luca y media el premio? ¡Es un montón!- Continúe sin respirar entre oraciones.
- No. Son solo mil pero bueno. La cosa es que si gano te devuelvo lo prestado
y te doy la mitad. Es por vos que estoy acá.- Me abrazó sin chocar su pecho a mi cuerpo.
En el aire quedó el beso insolente que solté cuando sacó su mano de mi
espalda. La bocina anunciaba la llegada de una formación.
Estaba por oscurecer. Los domingos la frecuencia de los trenes de provincia es pobre. Esteban quiso hacer una parada antes de volver a Capital y para eso había que cambiar de tren en el medio del viaje. A Llavallol se llegaba por otro ramal. Lo que implicó subir escaleras, pasar puentes de hierro y sentir que el peligro tiene el color del horizonte teñido de vainilla.
Ese mismo color entró por la ventana y se pegó a la nariz aragonesa de Esteban hasta que el sol bajó del todo.
- ¡No! ¡Te olvidaste la carpeta en su casa! – Le aprieto la mano sobre su
pierna.
- Es cierto.- Se soltó para agarrarse el aro de su ceja izquierda. - Es que
me colgué hablando de Juarroz. ¿Vos lo conocés?- Me preguntó muy liviano.
- No. Ni idea quién es.- Me mordí los labios. Estaban secos.
- Ah, tengo que pasarte algo de él. Haceme acordar.
El silencio de los rieles se apoderó de la conversación. Entonces le pregunté a dónde íbamos y me dijo que era sorpresa y rotomó el tema de la ex. Escuché un poco nuevas teorías sobre Cecilia. La semana anterior se habían visto y ella no había sido clara qué lugar ocuparía él en su nueva vida de monoambiente de Belgrano.
- …eso es que no le importo… Yo fui específico…A veces estoy todo el día
esperando un mensaje de Chechu…- Escuché de la boca finita de Esteban entre chirridos de las vías viejas al frenar entre estaciones.
- ¿No te molesta que nos quedemos en silencio un rato, no? Estoy algo
mareada.- Le mentí.
Volví a mirar mi ventana. Las casas escapaban del encuadre de afuera a toda velocidad. A través del reflejo en la ventana de adelante noté que la giba nasal de Esteban empezaba a crecer. Callados llegamos a Llavallol.
Caminamos nueve cuadras bajo el azul nocturno. El tenue alumbrado de la estación no nos pudo acompañar más. En cambio, el paisaje fabril de días más felices, el olor a pasto y a luciérnagas sí nos escoltaron hasta la puerta de una casa color durazno y protegida por una virgen que vigilaba al costado de la ventana de azulejos. Desde la puertita medieval de esa ventana, una cara temerosa nos habló. Una señora de setenta años o más con piel muy delgada, anteojos de vidrios gruesos y pintados con azafrán, peinada con un rodete tirante, alto y tanguero, nos preguntó quienes éramos.
- Soy yo, tía Dorita, Esteban, el hijo de Mirna.- Respondió seguro y a los
gritos.
- ¿Esteban? ¿Mirna? Ahh... ¡Esteban!, pero si estás enorme.- Dijo y
destrabó tres barras con sus candados y dio dos vueltas más a las cerraduras.
Dorita vivía en una casa de cuatro ambientes con patio gigante y descuidado en el fondo. Sola con dos perras gordas y canosas que no nos ladraron. La cocina olía a hamburguesas y aceite. Nos sentamos frente a la tele, en la mesa del comedor. El programa que estaba dando era el de Luis Ventura en América: Secretos verdaderos.
- ¿Quieren tomar algo?
Nos sirvió jugo de manzana en vasos de cilindros largos, ocres con flores y hojas talladas. Alguna vez tuvieron un detalle verde y rosa. La bebida estaba aguada y tibia. Las perras nos olían las suelas.
- ¿Cómo está Pablito?- Le preguntó mientras acariciaba la mano de
Esteban.
No le dejó contestar sobre su hermano y le repitió la pregunta con respecto a Mirna, su madre. Lo mismo pasó en el turno de saber de su padre y de su abuelo. El que vive en Pergamino. Y se quedó callada mirando fijo a Esteban. No le soltaba la mano.
- Pablo, como siempre. Está en un Laboratorio de cosméticos muy
importante… me olvidé traerte, es que esto lo improvisé.- Tomó un poco de jugo.
- Bien, bien, bien.
- Mami hace horas extras. Ahora le toca en el Abasto trabajar… viste que
cierran tarde los guachos. No quieren perderse una venta los dueños de ropa.
- Ajá.
- Mi papá vive con mi abuela Tomasa en Vicente López. Pinta poco. Pero
anda bien.- Continuó Esteban mientras, con su mano libre palmeaba sus bolsillos buscando un paquete de cigarrillos inexistente.
- Ah…
- Y el abuelo Coco...- Me hizo gestos para que le diera un cigarrillo. Le di,
me quedaban solo tres.- Es tu hermano, vos deberías saber de él.- Concluyó dando una bocanada.
- Ah... Sí, mi hermano. Es cierto, es cierto. No sé si tengo su número de
teléfono.- Soltó a Esteban y se levantó a buscar algo en el aparador lleno de portarretratos. Agarró algunos pesos del monedero.- Tomá. Acá a dos cuadras en la esquina, ¿te acordás la rositería? Bueno. Comprá empanadas. Yo quiero de jamón y queso.
Esteban tardó bastante y trajo una cerveza también. Dorita primero se negó a tomar pero después ante la insistencia del sobrino nieto, se sirvió un vaso. Brindamos por los encuentros. La cerveza estaba bien fría y junto con un vientito fresco de noche del conurbano, se nos secó la frente y el cuello.
Fumamos al terminar de comer. Dorita nos pidió una seca. Yo le di mi último cigarrillo. Ella lo fumó con culpa.
- Si Héctor me viera.- Dijo mirando al portarretrato más grande donde había
una foto de una pareja de novios.
Esteban me buscó de reojo y me sonrió con picardía llevando la cabeza hacia la puerta y la señaló con el humo final.
- Nos vamos tía. Se nos hace tarde.- Pidió permiso mientras abrió su cellular
De tapita. La luz de la pantalla de flúor y cian se perdió en los agujeros de su nariz.
Yo quería irme así que apenas se levantó fui rápido hasta la puerta. En la entrada, Dorita me dio un abrazo repentino con su piel suave, frágil y mojada. Me pidió disculpas por no estar presentable. A Esteban también lo abrazó y le dio un beso grande en el cachete. Mientras le acomodaba el flequillo pinchudo de su cabeza, le metió varios billetes doblados en su mano, a escondidas, sin dejar de mirarle a los ojos. Nos despedimos y ella volvió a encerrarse con todas sus llaves. Las perras nos ladraron el adiós en la esquina.
- Camino a la estación, contó lo que recibió y lo acomodó en su billetera.
- Diez billetes de veinte. Tomá, te devuelvo lo de hoy.- Quiso ponerme algunos de ellos en mi bolsillo.
- No los quiero, te los dio a vos por algo.- Lo alejé.
- Aunque sea dejame pagarte los puchos que te fumé.- Hizo un puchero.
- No.- Repetí seria.
Por varios minutos, el arrastre de nuestros pies en la calle de tierra no nos dejó seguir discutiendo.
- Ya sé. Cuando lleguemos, vamos al bar de tu casa y me invitás una birra.
Y quedamos a mano.- Resolvió.
Le ofrecí mi silencio.
- ¡Dale! ¡Invita Tía Dorita!
- No quiero.- Le dije por última vez.
Esperamos en el susurro de una estación vacía y oscura el próximo viaje hacia Capital.
Autora: Mariela Coronel Silva

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