Soy una invitada en su casa, me miran desde la mesa, la mesada, la cama, los sillones.
Entre los malvones juegan, la gente sabrá que saben jugar a la escondida?
Cuando llego los saludo, a veces los reto y en las palabras que les digo adivino la presencia de mí madre, y en la mirada de ellxs aparece la mirada de mí misma, niña, la que no habla, la que está asustada, la que fue vulnerada tantas veces en nombre del amor.
Dormir, comer, jugar, romper, hamacarse , esconderse, callar, tantos verbos me unen a mis gates, que a veces tengo pánico, lloro sus muertes más que la de cualquier pariente que yo recuerde.
Descontrolan mí orden y son caos.
Me prestan un rato la silla de su comedor, me dejan rallar la zanahoria en su mesada, me hacen un lugarcito en su cama, y a veces tipeo un trabajo rápido en su compu porque ya vienen a acostarse, y se estiran tanto como un domingo a la tarde.
Cuando desaparecen dejo de ser atea y empiezo a rezar.
Un día cuando bajaba el sol me dí cuenta que no son míos sino que yo les pertenezco. Y me gustó la idea.

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